«En Marruecos hay tres temas tabú: la monarquía, el Sáhara y la religión»

Entrevista al periodista marroquí Ali Lmrabet.

Masala | 07/03/2016

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¿Cuándo empezaron tus problemas con el gobierno marroquí?

Yo llegué aquí hace diez años, después de que me prohibieran ejercer el periodismo en mi país. Desde entonces, vivo a caballo entre Barcelona y Marruecos pero, en realidad, mis problemas con el gobierno empezaron mucho antes. Las primeras censuras se remontan a 1997, cuando trabajaba en una revista que se llamaba Le Journal. Entonces todavía reinaba Hassan II. Son casi veinte años de censuras, acoso, juicios… Al final, uno llega a acostumbrarse…

Cierre de revistas, cárcel, multas, inhabilitación profesional… Conociendo tu caso y la persecución que has sufrido, uno tiene la impresión de que en Marruecos existe un control total de la información. ¿Es así?

En Marruecos, puedes hablar de muchas cosas: puedes denunciar a un ministro, puedes denunciar al jefe del gobierno, puedes denunciar, incluso, a alguna gente cercana al rey… pero hay tres temas tabú que no puedes tocar si no tienes mucho cuidado. El primero es la monarquía. El segundo es el Sáhara Occidental y el tercer tema sensible es la religión musulmana. Ahora que tenemos un jefe de gobierno islamista, Abdelilah Benkirán, del Partido de la Justicia y el Desarrollo, resulta complicado hablar o reflexionar sobre la religión musulmana.

En 2001, tras publicar una noticia sobre la posible venta del palacio real de Skhirat, te condenaron a cuatro meses de prisión bajo el argumento de «difundir informaciones falsas que alteran o podrían alterar el orden público». ¿La monarquía sigue siendo intocable?

Sí. La monarquía es intocable. Tú puedes decir «Viva el rey» y no pasa absolutamente nada. Puedes decir que el rey es el mejor rey del mundo y no pasa absolutamente nada, ¿no? Pero si, por ejemplo, en Francia se publica una noticia que cuenta que el rey tenía una cuenta numerada, ilegal, en el banco suizo HSBC, en los medios marroquíes no vas a encontrarlo. Nadie se atreve a hablar de eso. Hubiera sido lógico que alguien publicara que en tal medio francés (o español o de donde sea) se está hablando de eso, ¿no?

Como periodista, ¿has notado algún cambio en el tema del control sobre la información desde el surgimiento del movimiento 20 de febrero, que se dio en el contexto de las primaveras árabes?

El cambio en el control de la prensa se produjo en los últimos años de reinado de Hassan II. El viejo dictador se dio cuenta de que no podía tratar más a los marroquíes como esclavos y que había que permitir la expresión de ciertas críticas (siempre que éstas no llegaran muy lejos, claro). Nosotros, desde Le Journal, aprovechamos esa apertura todo lo que pudimos. Después de la muerte de Hassan II, llegó Mohamed VI y muchos pensaron que las cosas iban a cambiar. Pero no lo hicieron. Se encarceló a muchos periodistas, a muchos. Tras la aparición del movimiento 20 de febrero, que vino después de las revoluciones árabes —si es que podemos llamarlas así—, se produjeron los cambios en la Constitución de Marruecos y la llegada al poder del partido islamista Justicia y Desarrollo (PJD). La gente pensó que habría una transformación pero, enseguida, tal y como se hizo la nueva Constitución, fue evidente que las cosas no habían cambiado.

¿Qué pasó?

En 2011, después de votar la nueva Constitución, en un proceso muy rápido que duró apenas un mes, distintas personas que habían participado en su elaboración declararon que varios de los artículos no eran los que se habían acordado en los trabajos previos y que otros se habían añadido por obra de no se sabe quién. Lo denunció gente importante, distintos profesores que afirmaron que no reconocían el texto que se había sometido a votación. Entonces nos dimos cuenta de que ya habíamos vuelto a las andadas. Hubiera sido una suerte inmensa que la nueva Constitución estableciera una libertad de expresión efectiva, pero no se hizo.

Antes hablabas del tema del Sáhara como uno de los tabúes informativos que siguen existiendo en tu país. ¿Qué información reciben hoy los marroquíes sobre este tema?

En los medios marroquíes, los que se ocupan de las negociaciones sobre el Sáhara son cuatro gatos, todos del entorno cercano al rey. Es gente que negocia, que habla, que agita, que manipula, que da órdenes… y tú, como lector, no tienes más opción que seguir el tema a partir de sus aportaciones. Además, como ciudadano, como persona que tiene capacidad de análisis, que tiene opinión, tú no puedes decir: «Las cosas se han hecho mal».

A veces, desde aquí, cuesta entender la unanimidad del discurso, en el ámbito público, que se concita sobre la marroquinidad del Sáhara.

Ese relato político y mediático se mantiene porque hay un aparato del Estado muy potente, pero no creo que esa unanimidad exista realmente. Hay un discurso oficial, pero también uno oficioso. Yo he hablado con responsables políticos importantes y, en privado, te dicen: «Estamos metidos en un lío». Pero, ¿quién lo va a admitir públicamente? Nadie, porque Marruecos es un Estado policial. Si te sales del discurso oficial —como me ha pasado a mí, que ni siquiera soy militante de ningún partido— tienes problemas. No podemos discutir, no podemos buscar otras vías.

¿Cómo se ha llegado a esta situación?

Cuando llevas casi cuarenta años destinando recursos muy importantes en nombre de la defensa de la marroquinidad del Sáhara, de la «integridad territorial de Marruecos», es difícil cambiar tu posición… La monarquía se implicó mucho en el tema, porque necesitaba una causa capaz de unir a todos los marroquíes, sobre todo después de los golpes de Estado de 1971 y 1972 contra Hassan II; y esa causa fue el Sáhara Occidental. La monarquía se implicó tanto que ligó su suerte a ese conflicto. Yo recuerdo a Hassan II diciendo que si algún día se perdiera el Sáhara el trono alauita saltaría por los aires. El ciudadano que tiene menos, o un poco más, de cuarenta años y al que, desde que ha nacido, se le ha dicho que el Sáhara es una causa sagrada, si mañana le explicas que ese territorio puede llegar a ser independiente buscará culpables. ¿Y quién sería el primer culpable? Pues la monarquía marroquí. Es por eso que el tema es importante y es por eso, también, que la información sobre el tema es manejada sólo por unos pocos. El marroquí que se salga de esta unanimidad de fachada será tratado como un traidor por la prensa, por el gobierno… Cuando estuve recientemente en Ginebra, hablé con responsables diplomáticos marroquíes y me dijeron que, hoy, el Estado puede aceptar que un saharaui diga que el Sáhara no es marroquí, pero no puede aceptar que un marroquí diga lo mismo.

Pasando a otro tema, ¿qué imagen de la inmigración subsahariana ofrecen los medios marroquíes?

Durante mucho tiempo, en Marruecos sólo se hablaba de la inmigración de los marroquíes que iban a España. Los subsaharianos que llegaban a Marruecos para pasar al otro lado eran invisibles, pequeños grupos de gente que estaba de paso. Cuando España empezó a poner dificultades, construyendo la valla y endureciendo su vigilancia, la gente que no podía pasar se comenzó a quedarse en Marruecos y se establecieron núcleos de subsaharianos, no sólo cerca de Ceuta y Melilla, sino en otros pueblos y ciudades como Rabat. Entonces, la prensa se fijó por primera vez en ese fenómeno.

¿Cómo es la vida de un sin papeles en Marruecos? ¿Puede trabajar? ¿Tiene posibilidad de regularizar su situación?

Hace dos o tres años, el gobierno marroquí dijo que iba a regularizar a los subsaharianos que lo solicitaran pero, aparentemente, esta política no ha funcionado, porque la gran mayoría de esta gente no ha venido a Marruecos para quedarse. Su objetivo es irse y los que consiguen trabajar lo hacen en la economía sumergida. En Marruecos, no existe tanto control como aquí con ese tema. En la prensa, por ejemplo, hay bastantes africanos trabajando ilegalmente. No firman sus artículos, pero trabajan. También hay muchas personas trabajando en la construcción y en el servicio doméstico. Han existido intentos de expulsión que no han sido muy efectivos, porque la gente vuelve a entrar por otro punto de la frontera argelina. La otra opción es llevarlos hasta el desierto. Eso hicieron en la gran redada sangrienta de 2005, una operación terrible donde murió mucha gente. A la práctica, el gobierno cierra los ojos ante el fenómeno y sus consecuencias. Para mí, lo más preocupante del tema es el aumento del racismo.

¿Cuándo empiezas a percibir ese fenómeno?

El racismo es un problema que comienza hace una década, pero del que no se hablaba hasta hace tres años. Por ejemplo, hoy, en Marruecos, puedes encontrar en muchos sitios, sobre todo en el norte pero también en otras ciudades, carteles que dicen «No se alquila a africanos». En Tánger, ha habido muchos incidentes que han terminado con muertes, pero tampoco sabemos todo lo que pasa y la prensa no lo trata a fondo. Se han dado ataques protagonizados por civiles marroquíes y también ataques de las fuerzas del orden, que son durísimas. Lo pudimos ver hace unos años, cuando Marruecos quería complacer al gobierno socialista de Zapatero. En aquel momento, durante los intentos de salto de la valla, las fuerzas del orden marroquíes llegaron a disparar a mucha gente por la espalda. Hay fotos de los subsaharianos muertos en que se ven los impactos de bala.