Cuba 1898: de la euforia patriotera al desastre

Julià Peiró | 06/03/2016

Cuando el presidente de Estados Unidos, James Monroe, exclamó «América para los americanos», a España, del vasto imperio de ultramar, sólo le quedaban las migajas y el fin estaba próximo. Era una muerte merecida. A la Corte y al Gobierno, aquellos lejanos países únicamente les interesaban para pagar sus gastos faraónicos, y los saquearon hasta extremos salvajes. Desde el primer momento, los llamados «Reyes Católicos» autorizaron a los colonizadores a comprar esclavos africanos, y la población se dividió pronto en castas muy cerradas con ciudadanos de primera —los españoles—, de segunda —los criollos— y de tercera —los mestizos—; indios y esclavos eran sólo bestias de carga.

La diferencia entre españoles y criollos se amplió en el siglo xviii, al endurecer la monarquía borbónica sus prerrogativas y prohibir a los no nacidos en la Península ocupar cargos públicos o políticos; incluso prohibió el matrimonio de funcionarios peninsulares con mujeres criollas. Curiosamente, los criollos eran ya los amos de gran parte del comercio y de la agricultura, y también los mestizos se habían situado económicamente; unos y otros, ayudados por los más desfavorecidos, acabarían siendo los motores de las revoluciones que consiguieron la independencia en el continente americano.

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Google, que no sé si es un manantial de sabiduría, pero sí de curiosidades, nos descubre que en España la pérdida de Cuba fue traumática no ya para la casta opresora, sino también para el pueblo llano, y más de un siglo después todavía se escriben comentarios que alucinan: «Aún hoy, cuando los españoles lloramos, tenemos dos motivos, y uno, capital, es la pérdida de Cuba», dice uno. Bastantes más de los imaginables recuerdan que Cuba fue «la primera autonomía de España, con una cultura y tradición comunes» e instan a los dos gobiernos a renegociar la reincorporación de la isla a España como su comunidad n.º 18, «que los cubanos aceptarán con alegría, al unirse a un país de libertades absolutas, salvaguardadas por la Constitución». ¡Cuánto delirio patriotero!

La verdad es que Cuba deseaba la independencia con delirio, y la consiguió en el tercer intento. Cuando las hostilidades empezaron, las opiniones, en España, se dividieron: la burguesía industrial, la Iglesia y la prensa estaban a favor de la guerra para mantener la soberanía; en cambio, los empresarios, conscientes de que la independencia era inevitable, preferían un acuerdo que mantuviera el pleno comercio para los productos españoles; también eran contrarias a la guerra las asociaciones obreras y los anarquistas, pues estaba claro que allí sólo iban a ir a pringar sus hijos.

Tenían razón. El Gobierno llegó a acumular en la isla 180.000 soldados, hijos de familias pobres que no habían podido pagar las 2000 pesetas que costaba librarse del servicio militar. ¿El resultado? 2032 muertos en las batallas, 1069 por heridas y 41.288 por enfermedades tropicales. Cifras en que no se contabilizan los que murieron de hambre, también muchos, ni el reguero de muertos que acompañó a los soldados en su retorno, fuese en los mismos barcos, en los hospitales peninsulares o en sus casas.

Pero también hay que hablar de los cubanos. Ya en plena guerra, se puso al frente del Ejército español al general Weyler, un militar sanguinario y despiadado que, para evitar que los campesinos se sumaran a la guerrilla, les obligó a abandonar sus tierras y vivir en campos de concentración, en condiciones infrahumanas, donde se calcula que murieron más de 250.000 personas. Cuando el Gobierno de Madrid, que siempre se había negado a dar a los cubanos plenos derechos, decretó una amplia autonomía, el sufragio universal masculino y la igualdad entre españoles y cubanos, ya era demasiado tarde. El continuo y tradicional incumplimiento por parte de España de reformas políticas y económicas había arruinado las teorías autonomistas y disparado el deseo de independencia. Además, muchos países, como Estados Unidos, habían prohibido ya el tráfico de esclavos, aunque para España seguía siendo un buen negocio. Un general español destinado en Cuba se lamentaba: «Aquí, la riqueza fácil se consigue con el tráfico de esclavos, perseguido por los ingleses, pero protegido por nuestro Gobierno».

Cuando Estados Unidos se sumó a la guerra, el almirante Cervera advertía desde la isla: «Vamos a la catástrofe». Pero en la Península, prensa, pueblo, caciques y militares vivían henchidos de un orgullo cerril y suicida; rememoraban las imperecederas glorias del Imperio español, y se reían y menospreciaban al enemigo: «¿Qué pretenden esos paisanos de Búfalo Bill? ¿Cómo se atreven a enfrentarse a la nación con más siglos de valerosa historia?». Incluso se lanzaban voces exigiendo al Gobierno que, una vez derrotado el enemigo, se le persiguiera y se bloqueasen sus puertos. El colmo del dislate lo protagonizó el ministro de la Guerra, al exclamar: «¡Que vengan, que aquí estamos!».

El Gobierno sabía que la guerra estaba perdida, pero rendirse era tan deshonroso que no podía aceptarlo, ni siquiera valoró la oferta de Estados Unidos, dispuesto a pagar 300 millones de dólares por Cuba; temía un levantamiento militar, y aun una sublevación popular, que hubiera podido acabar con él y con la monarquía. Como mal menor, aceptó el desastre.

Por fortuna para los desgraciados soldados españoles, víctimas directas de tanta incompetencia, la contienda fue mínima. Los americanos, con dos simples ejercicios de tiro al blanco, hundieron todos los barcos de las flotas españolas del Atlántico y del Pacífico, primero en Manila, después en Santiago, sin sufrir bajas, mientras los españoles sumaron 500 muertos, casi quinientos heridos y centenares de prisioneros.

De inmediato, España aceptó la pérdida de Cuba, Filipinas, Puerto Rico y la isla de Guam, y al año siguiente, para pagar deudas, y ya en plan liquidación, vendió a Alemania el resto de Las Carolinas, Las Marianas y Palaos, por 25 millones de pesetas. El reino «donde no se ponía el sol» volvía a las fronteras de 1492.