De cuando me pasó la movida esa de la piel

Texto: Àrid | Ilustración: Jordi Solano | 15/06/2018

La verdad es que de aquella época me acuerdo a trocitos.

Empezó como con una erupción cutánea, a finales del verano. Pensé que me había quemado con el sol, pero también tenía sarpullidos debajo de la camiseta y en el culo. No me gusta mucho la playa, yo me busco una sombra privilegiada y guardo las cosas de la gente, mientras se bañan. Pensé que se me marcharía; no me dolía y tampoco me picaba mucho. Como tampoco soy de ir al médico, me dije «ya se irá solo».

De las erupciones empezaron a salir ampollitas, millones de granitos. A cada grano le salió un punto blanco que se fue azulando y, al cabo de unos días, de cada punto salieron pequeñas agujas azules. ¡Azules!, como de piedra preciosa, tornasoladas y todo. Era hasta bonito de mirar. Ahí me asusté. Pedí hora en el CAP.

El día de la cita no fui. De verdad que no me gustan los médicos. Les decía a mis amigas: «Se irá solo, en serio», aunque lo dudaba. Para entonces ya se estaba acabando el otoño y no me atrevía a salir mucho de casa. Las agujitas resultaron ser pelos, gruesos, de unos cuatro o cinco milímetros de largo, y a ratos me picaban. A mí hasta me gustaban un poco; me miraba al espejo y no me veía tan mal. Tampoco es que en los últimos tiempos me gustase mucho el espejo, pero esto por lo menos era, no sé, especial.

Luego descubrí que esos pelitos irritaban también al resto del mundo. Me acuerdo de Pili, con la cara toda roja, después de darnos dos besos. Le empezó a picar un montón. «Guau, lo siento, tía», y ella: «No pasa nada, amor, de verdad», con la cara hecha un mapa. «Mierda, mierda —pensaba yo con mucho susto—. Joder, nen. Soy un bicho, ¡¿qué mierda de broma es esta?!»

Así que dejé de ver a mis amigas. No las invitaba a casa; si me llamaban, hablaba pseudoanimadamente; les decía que estaba bien, haciendo muchas cosas. Cuando colgaba, se me llenaba todo de una soledad y un silencio muy grandes y urticantes. Los pelillos me picaban a mí también. Empezó a parecerme que estaba pasando algo serio de verdad, que se me había ido de las manos. También comencé a tener miedo de lo que pensaran de mí. Miedo de los juicios, de las lecciones, de los consejos sin preaviso. Tenía miedo también de mi propia cabeza, a la que empecé a tratar como a una contrincante. Como única amiga, era dura, tenebrosa e insistente; capaz de hablar de día y de noche sin descanso. La peor enemiga que puedas echarte a la cara.

Me pilló tanto miedo que empecé a moverme muy poquito, para que mis actos no tuvieran consecuencias. Dejé de comer. En el armario de las latas no quedaba nada; lo último fue un melocotón en almíbar de la navidad anterior, no, la otra.

Buscaba en mi cabeza motivos para esta situación. En esas discusiones internas, a veces no sabía si era yo quien hablaba o era mi amiga-enemiga, o ese bicho en el que me había convertido pero que no era yo.

Para callar esas voces aprendí a leer el cielo desde mi ventana. También las cartas. De alguna manera quise comprender que yo formaba parte de un todo y que ese todo tenía cosas muy grandes preparadas para mí (en realidad, eso lo había dicho Ana un día de colocón, pero rescaté la frase y decidí creérmela, repetirla como un mantra). Cosas que aún desconocía. Solo tenía que confiar. Lo sabía en mi interior… y también lo dudaba profundamente.

Y entonces pasó que un día me di cuenta de que no sabía cuantos días hacía que estaba en el sofá.

Estaba yo todx envueltx de edredón y de un tejido gomoso que envolvía el sofá y se pegaba a las paredes. Me dolían un poco los riñones y los párpados, pero también podía olvidar ese dolor. Al parecer, el capullo que me rodeaba lo había hecho yo mismx, no sé cómo ni durante cuánto tiempo. Como si toda la vida hubiera estado ahí, en esa misma postura, también parecía que fuera a quedarme ahí para siempre. Cerré de nuevo los ojos y pensé: «Está bien, me dejaré morir». Y así lo hice.

En mi ventana, el cielo seguía hablando y los árboles empezaron a vestirse de lluvia y de sol. El patio se tornó verde, otros bichos cantaban afuera de día y de noche, melodías mucho más sencillas y más verdaderas que las de mi cabeza. Yo, muertx en mi sofá, no podía oírlo.

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Debí de pasar dos o tres días sin vida hasta que me dio mucho calor y ese calor me hizo despertar. «Joder, qué agobio, nen, qué calor.» Con todo el lío del edredón y la tela esa, me pilló un arrebato y tuve ganas de romperlo todo. Casi no tenía fuerzas, pero me podía la necesidad de respirar. Agujereé como pude esa especie de tela de araña espesa y me arrastré, hasta que los rayos de sol que entraban en la casa penetraron directamente en mi retina. Abrí la ventana. Ahora pienso que debía de oler fatal, la verdad. Noté cierta incomodidad en la espalda y, haciendo un movimiento como para sacarme la contractura, descubrí con asombro que me habían salido alas. Tal cual. Alas como yo de grandes. «Ostia, qué fuerte», las sentía detrás. En ese momento, no me di ni cuenta de que todos los pelillos azules se habían quedado en el sofá, y esparcidos por el suelo y por mi cuerpo, pero sin estar pegados. Los había soltado.

Y estuve un rato flipando, mirando el sol, desplegando poco a poco esas alas nuevas. Sin entender nada, aunque comprendiendo. Qué extraño todo, y qué bien, pero qué extraño… unas alas nuevas que no sabía ni cómo utilizar. Hechas de calor y magia, y también de urticaria y soledad y de un poquito de muerte y algunas otras sustancias de las que aún no tenía conocimiento.

Qué extraño todo y qué fuerte poder vivirlo.

Era hora de volver a llamar a mis amigas. Se merecían una explicación.

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