Grecia, país enredado

David Bou / Ilustración: @tinaletina | 09/09/2012

Ilustración / Tina Voreadi

Grecia celebró unas nuevas elecciones legislativas el pasado 17 de junio después del bloqueo institucional que se produjo a raíz de los primeros comicios del 6 de mayo, donde en un escenario de profunda fragmentación de voto ningún partido obtuvo la mayoría absoluta ni fue capaz de formar un ejecutivo de coalición que asegurara la gobernabilidad del país.

Tras la segunda ronda electoral del mes de junio, la conservadora Nueva Democracia (ND) consiguió llegar a un acuerdo con el partido socialdemócrata PASOK y el partido de nueva creación Izquierda Democrática (Dimar). Así formaron un gobierno en que todo el peso institucional recae sobre ND, tras la negativa de ambos socios a asumir ningún cargo dentro del gabinete. El papel que juegan, por tanto, los otros dos partidos es de mero sustento parlamentario a las decisiones y el programa de gobierno que ND aplica en consenso con ellos.

Aun así, todo apunta a que la tarea en que se halla inmerso el nuevo gobierno estará llena de dificultades por el escaso margen parlamentario de que dispone, sólo 28 escaños por encima de la mayoría simple. Ha sorprendido la emergencia como segunda fuerza política de la coalición de izquierda Syriza, que se ha comprometido a hacer una oposición dura y responsable contra las medidas de austeridad y los memorandos que los anteriores gobiernos firmaron con la Troika —trío de instituciones formado por el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Comisión Europea y el Banco Central Europeo (BCE)—. Las obligaciones impuestas al Estado de cumplimiento de déficit y las revisiones trimestrales internacionales a las que están sometidos los planes de austeridad, para comprobar su correcta aplicación y resultados, marcan la agenda económica y política del país.

Aunque la Unión Europea, la Eurozona y los mercados respirasen tranquilos después de los resultados de los comicios, la situación en Grecia dista mucho de haberse estabilizado. La interpretación en clave interna no se puede fundamentar en un apoyo al europeísmo o a la permanencia en la moneda única, tal como los medios internacionales intentaron presentar la victoria de ND. Nos encontramos ante un nuevo escenario donde la bipolarización política, mezclada con las graves consecuencias provocadas por los recortes sociales y la precarización de la vida de la mayoría de la población, hacen imprevisibles e incontrolables los acontecimientos futuros a corto, medio y largo plazo.

Mientras el gobierno, en un intento forzado y dudosamente eficaz, anuncia un plan de privatizaciones aceleradas y obtiene el aval parlamentario necesario, las medidas que hasta ahora han acompañado a los planes de rescate están contribuyendo a una recesión desenfrenada muy difícil de afrontar, tanto a nivel social como político. Fuertes subidas de impuestos, alto desempleo, pobreza, aumento de la delincuencia y de los suicidios. Las diversas iniciativas de apoyo que han surgido en la calle —centros de salud para gente sin cobertura sanitaria, comedores populares, reparto gratuito de comida por agricultores, tiendas sociales, etcétera—, aunque importantes, están acompañadas por escasas expresiones de acción política colectiva y, por consiguiente, parecen parches con relación a las dimensiones del problema. El cambio de fuerzas en la esfera política institucional no se refleja en la calle, donde se esperaría una mayor movilización. Las cosas parecen más estancadas que nunca. Tras un primer semestre del año repleto de manifestaciones y creación de redes y pequeñas estructuras de trabajo solidario de carácter local, el momento actual demuestra un claro sentimiento de resignación y de incapacidad de superación. Faltan nuevas propuestas e innovación en las tácticas de lucha en un contexto muy cambiante y muy estancado al mismo tiempo. Todo eso hace que se individualice el sufrimiento y que se favorezca las distinción sistémica entre “supervivientes” y “víctimas” —apostadas, estas últimas, en la cola de un comedor.

Auge del neofascismo

El creciente ascenso y consolidación del neofascismo, que culminó con la entrada de 18 diputados del partido neonazi en el Parlamento, es un fenómeno abierto a muchas interpretaciones. Es importante destacar que la principal estrategia de esta organización minoritaria y residual en origen no se basaba en un discurso nacionalsocialista meramente ideológico ni se limitaba a una demostración de presencia y fuerza en la calle (con numerosos ataques racistas en estos últimos meses). Uno de los principales pasos que llevó al auge fue el trabajo asistencialista en barrios obreros o municipios abandonados a su suerte por el Estado y las instituciones, donde combatir el sentimiento de inseguridad era primordial para la población. Ofrecer redes de apoyo y soluciones rápidas a problemas cotidianos, haciendo frente a las consecuencias de la crisis, y desplazar la responsabilidad a los grupos todavía más vulnerables de la población, como los inmigrantes, ha sido su receta infalible.

Somos testigos de una transición de la población que tenía fe en las dinámicas tradicionales de representatividad y adjudicación del poder a la clase política y que expresa ahora la más absoluta desconfianza hacia las instituciones. Una transición de la relación obligación/derecho y legislación/reacción, mantenida con el Estado, a iniciativas cotidianas propias. Unos optan por la búsqueda de referentes salvadores y soluciones individuales e individualistas. Pero también hay cada vez más gente que entiende que la supervivencia —y, en el futuro, el desarrollo y la sostenibilidad de las medidas tomadas— sólo pueden ser fruto de estrategias colectivas. Estructuras locales capaces de cubrir las crecientes necesidades y producir las anheladas resistencias al escenario actual. Se llega a esta conclusión no necesariamente por convicción ideológica sino porque es la única alternativa realista y pragmática. El partido de coalición de izquierda Syriza, aunque haya conseguido hacer una impresionante entrada en el Parlamento al cuestionar la legitimidad de los rescates y rechazar los planes de austeridad, sigue organizándose como partido para consolidarse como importante fuerza parlamentaria pero no ha conseguido retroalimentarse con sus bases y extender su lucha a la calle, al menos no tanto como las circustancias lo requerirían.

En la presente situación de urgencia, sólo un amplio frente de redes de solidaridad y de alternativas de aplicación práctica y directa, redes que crezcan con la implicación determinada de los favorecidos —que, a su vez, hagan suyas las maneras y consoliden las tácticas para que el frente se extienda—, puede ofrecer soluciones tangibles y crear las condiciones para el empoderamiento y los nuevos imaginarios políticos y económicos.