Más de una década desmontando fronteras

Cristina Fernández Bessa / Hibai Arbide Aza - Ilustración: Masala | 05/03/2014

El nacimiento de Masala en 2001 coincidió con las movilizaciones de los «sin papeles»: encierros en las iglesias, huelga de hambre y negociaciones en las que los migrantes irrumpieron en la política por el reconocimiento de sus derechos. Y, como resultado, se consiguió que cientos de miles de migrantes pudieran regularizar su situación. Nosotras empezamos a hacer la sección en el año 2006 como participantes en el Espai Per a la Desobediència a les Fronteres, tomando el relevo de Papers i drets per Tothom, colectivo de referencia en las movilizaciones de sin papeles y por los derechos de las personas migrantes. Nuestra intención fue continuar la línea iniciada y, al mismo tiempo, intentar aportar análisis complementarios.

La principal característica de la sección «Migrants» es que su enfoque siempre ha ido más allá de Ciutat Vella; y, sin embargo, las temáticas atraviesan profundamente la cotidianeidad de las vecinas del distrito. Afectan a sus vidas, su forma de estar en el espacio público, sus relaciones con el resto del barrio, con las administraciones –especialmente con el aparato represivo del Estado, Generalitat, Ajuntament y los servicios sociales–. Las migraciones son un fenómeno global, pero podemos considerarlas perfectamente un tema local de Ciutat Vella en la medida en que el 43% de las vecinas son migrantes; mejor dicho, tiene nacionalidad extranjera: de Italia, Francia, Pakistán, Marruecos, Filipinas… ¿Son todas ellas migrantes? No. No consideramos que el concepto «migrante» sea una una categoría sociológica sino política. Es la frontera la que convierte en migrante a una persona. Sin fronteras, no hay migrantes. Con fronteras, ser migrante es diferente –es peor– que ser «extranjero», «nómada» o «viajero», figuras para las que la frontera es un simple formalismo.

Migrante es toda persona que tiene limitada la movilidad y, por ello, debe atravesar las fronteras. Dicho de otra forma, llamamos «migrante» a todo aquel que vive en la frontera y a quien la frontera condiciona la vida, independientemente de dónde haya nacido.

En esta sección, hemos tratado de mostrar que la experiencia de frontera no acaba cuando se consigue «entrar» en la Unión Europea, sino que sigue presente en redadas racistas, en los Centros de Internamiento, en la utilización del padrón municipal que hace la Policía Nacional o en inspecciones de trabajo que originan expedientes de expulsión. Estos mecanismos, y muchos otros, pueden comportar las mismas consecuencias que las fronteras exteriores: truncar el proyecto migratorio y la posibilidad de ser sujeto de derechos en Europa, mediante el retorno al lugar de origen a través de la expulsión forzosa o la condena a la precariedad.migrants

Hemos insistido una y otra vez en no definir la frontera como la línea que delimita dos Estados sino como el dispositivo de control que produce ciudadanía excluyente. Es decir, el mecanismo que define qué personas tienen derechos y cuáles no. Este modelo –basado en la vinculación mediante la nacionalidad a un territorio como presupuesto para ser sujeto de derechos– reproduce la idea de «ciudadanía» como posición social privilegiada que el Estado otorga a ciertos individuos, por motivos totalmente arbitrarios, y la aleja de concepciones universalistas, igualitarias e integradoras.

Para ello, hemos hablado de las fronteras de Europa; tanto de aquéllas alejadas (externalizadas) hasta los países de origen de las migraciones o aquéllas de territorios fronterizos como Ceuta, Melilla o Lampedusa, como de las fronteras internas, las que encuentran las migrantes en su día a día en las calles de este barrio: las redadas, las dificultades para acceder a la asistencia sanitaria, la discriminación, el acoso policial, etcétera.

Nuestra apuesta ha sido combinar reflexiones de calado teórico con análisis de noticias más coyunturales como las huelgas de hambre que se han llevado a cabo por internos del CIE; los asentamientos de migrantes africanos en naves de Poble Nou; las ofensivas contra el top manta; la prohibición del burka y el nihab; la situación de la «Valla» y los migrantes en los CETI de Melilla y Ceuta; las polémicas sobre el empadronamiento; la situación en municipios como Salt o las experiencias de municipalismo desobediente frente a la Europa racista. También hemos tratado de explicar las reformas de la legislación de extranjería, de su reglamento y del proyecto del todavía inexistente (tras cuatro años de retraso) reglamento de los CIE.

Hemos abordado las migraciones como movimiento social, desde el punto de vista sociopolítico; hemos denunciado vulneraciones de derechos desde la perspectiva de los derechos humanos, pero no hemos tratado temas relacionados con la interculturalidad, que han sido reflejados en otras secciones del periódico.

Las directivas europeas han consolidado leyes de extranjería racistas y discriminatorias al tiempo que las élites dirigentes han tratado de justificar la privación de derechos fundamentales de los migrantes con la excusa del contexto de recortes a causa de la crisis económica. Pero a estas privaciones de derechos les han seguido los recortes de derechos a los emigrantes de nacionalidad española o a las paradas, entre otros.

Las políticas de control y selección de flujos migratorios encuentran su legitimación en la, cada vez más habitual, criminalización de las personas migrantes. Titulares incriminatorios en medios de comunicación, discursos xenófobos por parte de partidos políticos de extrema derecha, de derecha y de izquierda, redadas policiales que sólo consiguen estigmatizar a personas y barrios enteros…

Pero si antes de la crisis el meme «los inmigrantes quitan trabajo y provocan paro» corría el riesgo de extenderse, tras la emergencia del 15M, se señala como culpables de nuestra precariedad a los bancos y a la clase política subordinada a los dictados de estos. En este tiempo, hemos aprendido, nos hemos organizado y nos hemos movilizado aunque, lamentablemente, las restricciones de derechos continúan muy presentes.

La movilización contra los Centros de Internamiento para Extranjeros ha crecido de forma notable. Hace una década, casi nadie sabía de su existencia y hoy, aunque en contadas ocasiones, ha llegado a abrir noticiarios. Durante estos años, se han sucedido denuncias por graves vulneraciones de derechos dentro de los CIE y malos tratos policiales, pero también huelgas de hambre, concentraciones, acciones –directas o simbólicas–, manifestaciones, la creación de colectivos o plataformas contra los mismos y un largo etcétera. A pesar de ello, no hay espacio para el triunfalismo. La movilización contra las fronteras es limitada y, por el momento, insuficiente para conseguir su objetivo irrenunciable: el cierre de todos los CIE de Europa.

Las migraciones no son sólo «cosa de los inmigrantes» sino que nos afectan a todas en la medida en que las políticas migratorias y las leyes de extranjería definen el tipo de sociedad en que vivimos. Sociedades discriminatorias, excluyentes y racistas. Como señala uno de los lemas más coreados en las movilizaciones recientes, «Vallas, CIE, redadas y fronteras, así se construye la riqueza europea».

Éste es el último Masala, pero… seguimos, porque ninguna persona es ilegal y por la libertad de movimiento.

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