Optimismos

Genera / Masala - Ilustración: Maria Romero | 05/03/2014

Hacer un balance de los últimos años respecto de las políticas públicas sobre prostitución, de los movimientos de mujeres trabajadoras del sexo y del impacto de ambas en el Barrio Xino puede tener varias razones. Para qué andarse con laberintos, este análisis conjunto hoy tiene una intención bien concreta: acompañar a Masala en un reconocimiento colectivo de más de una década de reflexión crítica sobre nuestros espacios comunes.

Las alianzas entre este periódico y las mujeres trabajadoras del sexo han sido constantes, no únicamente en los discursos pero justamente en lo palpable de las situaciones cotidianas. Difícil es, a veces, que te presten un Masala en un piso de Robador, cierto también que siempre se respeta una promesa solemne de devolución para leerlo un rato entre las idas y venidas de las mujeres y sus clientes. El apego no es un vano acto de fetichismo, es una muestra clara del sentimiento de pertenencia a un medio que ha dado voz a aquellas más invisibilizadas, en sus derechos y en sus propuestas.

Una vez aclarado el motivo de los afectos, volvamos entonces al análisis. Hablar de políticas públicas y prostitución en el Raval es, sin lugar a dudas, hablar de la aplicación de la Ordenanza mal llamada «de Convivencia»; es constatar la desintegración del espacio como bien de uso común para disfrute de turistas mal avenidos y especuladores de todo tipo.

Las instituciones han intentado, incluso antes de legitimar su política de persecución sobre las mujeres con la «ley cívica», ocultarse en discursos eufemísticos, utilizando valores tan bien vistos como el civismo, la convivencia o la lucha contra la explotación sexual.

Con matices, la historia escrita por el Ajuntament de Barcelona sigue teniendo el mismo título: «De la criminalización como respuesta a la victimización»; es decir, cómo formular discursos que parezcan coherentes con perseguir a quienes se considera, en el mejor de los casos, como pobres víctimas incívicas actuando contra su propia voluntad. Ejemplos conocemos de sobra.

Válganos la inocencia de recordar a Trias en campaña electoral de CIU por la calle Robador. Los tonos de quienes han gobernado Ciutat Vella son del mismo color. La memoria nos trae a una Assumpta Escarp, en una conferencia pública del PSC, asumiendo que había equivocado el objetivo, definiéndose como abolicionista y proclamando la caza y captura del cliente. Habían pasado ya cinco largos años de ordenanza, ella ya no pertenecía al poder consistorial y a sus espaldas cargaba una inmensa lista de consecuencias sobre la vida de las mujeres que ahora pretendía redimir. Para la madre de la ordenanza, era una reflexión constructiva; para nosotras, otra muestra de cinismo.

Si bien las palabras institucionales se han ido matizando a conveniencia, sus prácticas en cambio siguen líneas muy coherentes con otros intereses y se basan en una combinación bastante macabra entre presión de la Guàrdia Urbana y presupuestos destinados a planes asistenciales de «reinserción».

Esta estrategia del consistorio incluye, necesariamente, la de aislar y silenciar al colectivo de trabajadoras del sexo, crear una imagen que pueda tolerar la apropiación de sus derechos y por tanto legitimar su acoso.

Incluso si se asume –ante la incidencia política y el reclamo social– que existe cierta voluntad de escuchar al colectivo de mujeres que ejercen prostitución, siempre se hace bajo pedido expreso de «discreción». Y cabe decir que las mujeres cumplen. ¿O acaso habéis visto en las primeras páginas de los periódicos del 26 de abril de 2013 el encuentro entre Trias y las representantes de las trabajadoras sexuales de Ciutat Vella? Nos hemos perdido la foto, una lástima.

Curiosamente, o no tanto, las mujeres que ejercían prostitución durante todos estos años de presión han logrado, con altibajos, crear alianzas y espacios de visibilidad. A nadie le puede caber duda de que existen modos de organización colectiva, no siempre formales, no siempre constantes, pero igualmente efectivos. A quién puede pasársele por alto la rotundidad que tiene un piquete en calle Robador o la fuerza, casi catártica, de los gritos de las manifestaciones en contra de la violencia policial.

Las dinámicas cotidianas de solidaridad y de resolución de conflictos funcionan en los momentos claves, cuando, a pesar del «sálvese quien pueda» de la realidad y de las innumerables diferencias, encuentran ideas comunes para una lucha colectiva. Valorar estos espacios de organización informales, comprender sus lógicas y respetarlas es el primer paso para comenzar a elaborar alianzas, más sólidas a largo plazo.

Probablemente, desde los movimientos sociales tengamos también que repensar nuestro papel. Entendiendo que el aislamiento de las mujeres trabajadoras del sexo es una de las piezas básicas de la estrategia del poder, entre los muchos golpes y causas, para construir respuestas conjuntas mucho más parecidas al intercambio que al rescate.

Resuena, desde hace ya tiempo pero cada vez con más fuerza, la idea de crear cooperativas entre las trabajadoras del sexo. Las experiencias cercanas de otros territorios, como Ibiza, dan ánimos. Cabe pensar que las prostituciones, en plural, son tan diversas en su ejercicio como variables pueden existir para que ese modo de organización tome forma; cooperativas de trabajo, de servicios, de espacios de ejercicio y una larga lista de posibilidades. La cuestión no es tanto la fórmula como la capacidad para determinar necesidades y darles respuesta de forma colectiva.

Tal vez ése sea uno de los desafíos más importantes a futuro, porque en un contexto cada vez más difícil, cuando derechos rima con vulneración, los retos tienen siempre espacios comunes.

Hace ya más de un año, nos apropiamos de unas palabras de Dolores Juliano y declaramos, a todas voces, que nuestro optimismo no era ingenuidad, era una opción política. Desde Genera, mantenemos nuestro habitual cinismo y nos seguimos aferrando a esa idea.