Totalitarismo y control institucional de cultura y arte en Barcelona

Text: Semolina Tomic / Ilustraciones: Albarecer | 05/11/2016

La okupación

En la Europa de los años sesenta, setenta y ochenta, vivir en casas okupadas, practicar la cultura, el arte y la política en centros sociales okupados eran prácticas habituales. Eran manifestaciones de la contracultura, generadas por la necesidad de actuar al margen de las instituciones y costumbres más arraigadas, de manera independiente. Como toda tendencia proveniente del norte, el movimiento okupa tardó más en establecerse en España y, en concreto, en Barcelona.

Aquí, surgió a finales de los ochenta. Una de las primeras casas okupadas, que aún existe, es la Kasa de la Muntanya, liberada desde 1989. Algunos centros sociales se dedicaban a la lucha política; otros al arte, a la cultura y todo tipo de contracultura; otros, más a servicios sociales. Nos vienen a la memoria las Naus de Gràcia, la Hamsa de Sants, la Macabra en Poble Nou, la Jungla, el Cine Princesa, Casa Marina… había muchísimos centros y casas.

Sin embargo, mientras esto ocurría en Barcelona, la represión y forzosa desaparición de espacios okupados en el norte de la Unión Europea iba muy deprisa, como consecuencia de la imposición gradual de políticas económicas neoliberales a partir de 1980. En Holanda, se aprobó la ley de prohibición de casas okupadas; lo mismo pasaba en Londres, Berlín y París.

El relevo de este nuevo esquema socioeconómico, que imperaba ya en el resto de Europa, fue tomado por los gobiernos catalanes de las últimas décadas: en el Ayuntamiento de Barcelona, 32 años de PSC seguidos de cuatro años de CiU; en la Generalitat, 25 años de CiU. Barcelona fue uno de los últimos bastiones de la okupación en la Unión Europea, pero finalmente aquí también la represión y «la limpieza» acabaron con muchas casas y ateneos okupados.

El arte y los artistas

En el ámbito artístico, más específicamente, en los años ochenta en Barcelona existía una única escuela independiente de danza «contemporánea»; se llamaba La Fábrica y estaba en la calle Perill, en Gràcia. De esta escuela salieron todos los artistas o compañías de danza independientes más conocidos. Todos crearon sus compañías con mucho esfuerzo y —muy importante— juntándose y alquilando espacios o locales para poder practicar su arte. Esto surgía a partir de la necesidad real de crear una comunidad artística. A finales de la década, nacía así la asociación de bailarines.

En este punto, es necesario remarcar las diferencias fundamentales que existen entre un intérprete y un creador/artista. Hay dos líneas, en la educación de las artes escénicas, que difieren en un punto clave: la primera propone un programa educativo que es necesario cumplir para poder terminar la escuela, mientras que la segunda intenta crear el programa junto a los propios artistas. Hasta el día de hoy, no existe en Barcelona ninguna escuela que siga el segundo programa, aunque hay referencias internacionales como, por ejemplo, la School for New Dance Development (SNDO) de Ámsterdam, que forma parte de la escuela de teatro de la misma ciudad y que tiene como objetivo educar a los estudiantes para que se conviertan en coreógrafos/bailarines, capacitándolos en el desarrollo de la danza como expresión artística.

En Barcelona, en cambio, está el Institut del Teatre. Aquí los alumnos aprenden las técnicas —algunas muy antiguas— de arte dramático y danza, y deben cumplir un programa a rajatabla. El enfoque de la enseñanza es aprender a ser lo más perfecto posible, interiorizar cierta técnica con pasos muy marcados. Los mejores bailarines son aquellos que imitan y realizan, de la manera más exacta, dichos pasos en unos tiempos musicales totalmente prediseñados. Por lo general, estos alumnos acaban interpretando o bailando en compañías de teatros comerciales, en obras clásicas, convencionales, espectáculos musicales, series para televisión, etc. Estos intérpretes no son creadores, ya que no están preparados para dar vida a su propio espectáculo.

Semolina

Las fábricas

No obstante, en los últimos diez años, el concepto de creación artística ha recibido un nuevo enfoque. A simple vista, todo podría parecer positivo: se recuperan espacios industriales en desuso para establecer centros creativos, bajo el nombre de «fábricas de creación». Pero observado con más detalle, la procedencia de este proyecto es dudosa.

Margaret Thatcher, una de las primeras instigadoras del modelo económico neoliberal en Europa, implementó en la década de los ochenta del siglo pasado un sistema para aprovechar las fábricas vacías resultantes de la migración de la producción a países con mano de obra más barata. Su propósito era desmontar los espacios artísticos comunitarios para apoderarse de ellos y lograr que la cultura y el arte se establecieran como una industria más. La dama de hierro acabó con los espacios abiertos donde cualquiera podía practicar el arte. A partir de entonces, sería necesario «tener talento» y «ser aceptado» como artista. Los centros artísticos se volvieron meros locales de exposición, y sólo los «centros de excelencia» recibían financiación.

Fue Thatcher quien introdujo el concepto de las llamadas «fábricas de creación» como motores económicos para la industria cultural, haciéndolas funcionar bajo los mismos principios que los centros comerciales: los artistas pagan por utilizar los estudios y deben crear un producto comercial para la industria. La Cultura y el Arte se convertían así en una gran Industria, para crear, ganar y mover dinero. Bajo estas premisas, un artista que no produce beneficios económicos no interesa.

En Barcelona, entre los años 2004 y 2005 nuestra realidad empezó a transformarse según estos parámetros. Desde el Ayuntamiento se comenzó a trabajar en esta dirección, buscando fábricas y espacios desindustrializados para promover la gentrificación e instaurando fábricas de creación, con la clara decisión de construirlas por sectores —danza, teatro, circo, artes visuales, artes plásticas— y a espaldas de los vecinos de la zona.

Como en cualquier proyecto con este carácter económico, los ganadores reales fueron las empresas privadas. En el caso de Barcelona, la especulación con el suelo público ha formado parte integral de este proceso del «apoyo» a las artes; y, para ilustrarlo, haremos mención de dos casos en concreto.

Fabra i Coats

En septiembre del 2005, la inmobiliaria Renta Corporación compró los terrenos de la fábrica Fabra i Coats de Sant Andreu por treinta millones de euros. Tres meses después, el Ayuntamiento anunció que compraba los terrenos a la inmobiliaria, pero el consistorio no contaba con la suficiente liquidez de capital para pagar y ofreció a la promotora unos terrenos en Poblenou por valor de unos cincuenta millones de euros. Con esta operación, Renta Corporación ganó veinte millones de euros.

Según declaró la Associació de Veïns de Sant Andreu de Palomar en 2008, los vecinos no estaban conformes con la manera en que se había llevado a cabo el proyecto, denunciando el secretismo y la falta de información sobre el proceso.

Lo más honesto, por parte del actual gobierno en el Ayuntamiento, sería poner una placa en la Fabra i Coats explicando que ese edificio es producto de uno de esos grandes robos a la ciudadanía de Barcelona.

La Escocesa

La misma inmobiliaria, Renta Corporación, compró meses después, en 2006, una parte de la antigua fábrica La Escocesa, catalogada como bien cultural de interés local (BCIL), e immediatamente comenzó a hacer mobbing a las veinte familias que vivían allí como arrendatarias y a los artistas visuales que trabajaban en pequeños talleres. Tras unos meses de polémica con los vecinos y las entidades que defienden la protección del patrimonio industrial de Poblenou, el Ayuntamiento aprobó, en marzo de ese mismo año, un plan de mejora urbana (PMU) que supuestamente debía apaciguar a todos, pero que mezcló lofts con pisos protegidos y reservó una generosa parte del complejo a edificios privados de oficinas de hasta catorce plantas, en beneficio de la inmobilaria privada.

Estas fábricas de creación, dependientes de y serviles a los intereses del partido que gobierna en cada momento, reemplazan cualquier intento de dar vida a un espacio cultural independiente. Por ejemplo, la actual Central del Circ, que ocupa una área enorme dentro del Fòrum, frente al mar, empezó su andadura tras el desalojo de la Macabra, un espacio ocupado y autogestionado donde la mayoría de artistas practicaban el circo.

La ciudadanía no sabe cómo han aparecido estas fábricas ni quién las gestiona. Tienen un presupuesto público, pero no hay transparencia en las cuentas. Los artistas deben pagar por su uso.

Sobre el concepto de cultura independiente

Si defendemos la idea de la cultura como un derecho social y no como una industria, todas las personas deben gozar del derecho a experimentar con la práctica de una disciplina artística, dentro de un programa educativo obligatorio; es decir, en el que el arte esté presente durante toda la educación pública, desde la guardería hasta las universidades, y en el cual el acceso a la cultura sea gratuito y universal.

Los ciudadanos pagamos todas las instituciones culturales públicas con dinero público obtenido de nuestros impuestos, pero cuando queremos visitarlas, volvemos a pagar por ellas con el precio de las entradas. Pagamos dos veces la cultura.

Y a los que no pueden pagarla se les niega el acceso a estas instituciones y, por lo tanto, al conocimiento, a la información y al disfrute.

No obstante, y a pesar de jugar con tanta desventaja, con la entrada en el poder municipal del Tripartido, en el año 2003, algunas compañías independientes consiguieron crear nombres, espacios, festivales y hasta consiguieron ayudas públicas para ello. Un espacio que se generó de esta manera y que mantiene su independencia es el Antic Teatre, en el Casc Antic, de Barcelona: surgido de las necesidades reales de un grupo de artistas, y no por iniciativa del gobierno o de un partido político, ha logrado establecerse como un referente de la creación independiente en Barcelona, y es uno de los pocos espacios que promueve el trabajo de creadores/artistas que buscan nuevos métodos de expresión y rompen con las metodologías tradicionales.

Pero la crisis ha conllevado que su situación fuera a peor: en 2012, la Generalitat de Catalunya decide cortar la mayoría de ayudas a este sector, anunciando el impago de las subvenciones otorgadas por la Oficina de Suport a la Iniciativa Cultural (OSIC) para ese año. Este hecho, y todo lo que ha ocurrido en los siguientes años, ha resultado en un apoyo cada vez menor a compañías y artistas independientes. Los presupuestos públicos se gastan en espacios institucionalizados y se introducen conceptos como «artista de interés cultural», que es sólo aquel que practica su arte en fábricas de creación o consigue una producción de teatros o festivales públicos. Están excluidos todos los artistas que practican arte en espacios independientes.

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